jueves, 6 de julio de 2017

Niña extranjera

Plaza de Almagro, a dos mil kilómetros de Puerto Deseado. El sol apenas nos entibiaba pero ella no parecía sentir frío. Ni el tiempo ni el invierno habían logrado sofocar la presencia de ese lugar perdido en la Patagonia, un pueblo de madera y vías, todas las casas iguales.  
Me dijo que Deseado fue solo una parada en la vida itinerante y solitaria de esa familia de inmigrantes polacos que buscaban un futuro lejos de la guerra. Y fueron recorriendo su camino, en un país extraño, de a pedazos, componiendo y descomponiendo afectos tristes y afectos alegres, más tristes que alegres en el intento de crear nuevas raíces. Lo dijo tal cual y me gustó que explicara la vida así, sin resentimientos ni reclamos. 
Pude imaginarla sentada sobre uno  de los peldaños de madera de la escalera frente a la puerta de la casa, con su vestido de lana escocesa, pantalones de abrigo debajo, sweater y bufanda, las botitas de cuero y el pelo medio corto, casi rojizo, peinado en un ridículo bucle arriba de la cabeza, casi en la coronilla. Después, cuando volvimos a su departamento, vi las fotos y comprobé que la fantasía no me había engañado. Y comenzó a contarme.
Era un mediodía cualquiera cuando pasaron los pibes y la invitaron a seguirlos; se fue con ellos. De esa tarde de vagabundeo en la aridez de la estepa quebrada por yuyos le quedó la resonancia de unas palabras recién descubiertas, “cazar pajaritos” y la visión de las gomeras, una horqueta de la rama de algún árbol, tiras de neumático y un pedazo de cuero. 
Volvieron al pueblo cuando el sol se guardaba y los padres ya habían recorrido todo el lugar buscándola. Su aparición desarmó los enojos y generó tal tranquilidad que solo recibió abrazos de alivio.
Continuó su relato reviviendo conmigo los primeros días de la llegada, tenía cinco años cuando se instalaron en Deseado; los vecinos de las casas colindantes se fueron acercando para darles la bienvenida, algunos con una gallina bajo el brazo, otros con huevos, alguien incluso aportó una clueca, en poco tiempo la familia tuvo el gallinero propio. 
Los detalles de la casa de madera donde vivían se le habían desdibujado en la memoria, pero creía recordarla elevada sobre postes, aunque no estaba segura de que fuera así, en cambio ratificó con obstinación, porque yo dudaba que tuviera un recuerdo tan nítido, que tenía bien clara la escalera que llevaba a la puerta de entrada y estaba muy consciente de su propia figura, sentada sobre uno de los escalones dando de comer a las gallinas.
Con melancolía habló del primer amigo que tuvo en la soledad de su infancia. Una tarde cualquiera, cuando alimentaba a las gallinas apareció un pollo blanco apenas emplumado. Picoteó el maíz en el círculo de batarazas y luego se aproximó a la mano extendida que le ofrecía más, trepó en ella y a partir de ese momento fue su fiel seguidor. Creció, pero no mucho, no como otros gallos y algún vecino entendido explicó que era un gallo de riña. 
Acomodado sobre su hombro el pigmeo blanco viajaba tranquilo, acompañándola en los correteos cercanos a la casa y cuando ella se sentaba en la escalera, desde arriba, observaba dominante la banda de aves ruidosas que rascaban y picoteaban la tierra seca, allá abajo.



Después de la primer escapada se habían perdido las aprensiones y las prohibiciones, reflexionó que en verdad después a nadie le importaba demasiado que deambulara entre las vías del ferrocarril; y allá iba con sus piernas cortas, saltando sobre los durmientes de quebracho que anclaban rutas de metal enhebrándose unas con otras, formando redes que huían hacia el horizonte. Una pintura perfecta, era como si se viera a si misma desde el cielo, jugando diferentes saltos, primero sobre un pie, luego el otro, después los dos, entre las trochas que cruzaban, se abrían y se alejaban. Fue una etapa de extraña y maravillosa libertad nunca repetida, nunca olvidada.
Pasaron otras cosas durante ese año en Puerto Deseado pero no quiso hablar sobre ellas, insistió en terminar la historia del pigmeo blanco. Un día, no supo decirme cuándo, porque en ese entonces no tenía noción del tiempo, porque la vida no precisa  de relojes ni almanaques, prosiguió impaciente: un día llegó la mudanza obligada hacia un nuevo destino. Deseado  quedó teñido por las memorias alegres de la independencia casi absoluta. También fue el inicio de un camino de pérdidas. 
Estaba de pie junto a la puerta abierta de un autobús en marcha, gritando para imponerse al ruido del motor, le preguntó a ese hombrón de panza enorme que apretaba la mano del padre en gesto de despedida si cuidaría a su amigo el gallito blanco. La respuesta bajó quebrando la inocencia y dejó una cicatriz imborrable. Está gordito, va a ser el primero en ir al horno. 
Ahí termino el relato. Se quedó muy callada y sentí que fue para ella una de las noches más largas del invierno patagónico, un viaje interminable de desconsuelo;  pude ver la niña acurrucada en posición fetal, en el duro asiento de un viejo colectivo trepidante sobre el canto rodado del camino, con los ojos muy abiertos y secos, viendo caer, desfilar y desvanecerse la oscuridad del cielo que llevaba a la familia hacia otra estación de la vida. 


©Cristina Wnetrzak
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lunes, 26 de junio de 2017

Hasta que la muerte nos separe...

Estoy harta. Harta de levantarme todos los días de la vida a las seis de la mañana. En invierno con lluvia,  frío y noche oscura, en verano con el sol que después abrasa;  en la primavera salpicada de lloviznas y  brotes y también en el otoño, con sus hojas amarillas alfombrando el patio. Todos los días, todo el año, todos los años, son iguales. Estoy podrida de preparar el desayuno como a él le gusta. Pan tostado, café con leche, los platitos con el dulce de naranja casero y la manteca. Todo sobre la bandeja y después a llevar el cargamento hasta el muro y la ventana que dividen la casa y el patio en dos. Esa ventana de mierda que nos mantiene encadenados aunque no estemos  juntos. 

Son iguales los mediodías cuando vuelvo a llevar la fuente con la milanesa, o las lentejas, el puchero, o las ensaladas, la jarra con vino y el infaltable postre, flan casero. Siempre lo mismo, sin importar  la estación, sigo  el  menú planificado para cada día hace tanto tiempo, años y años. Desayuno, almuerzo, merienda y cena  atravieso el patio y dejo en el ventanuco lo que sea,  la tetera con el té con leche de la  media tarde,  la sopera con la sopa de la noche y el postre vigilante. Y cada mañana vuelta a empezar.
Quiero que esto se termine. Quiero despertar de madrugada con el canto del gallo y no levantarme, abrir los ojos y después seguir durmiendo. Necesito dormir a pata suelta hasta que me de la gana y ser libre de este insoportable ir y venir cruzando el patio cuatro veces al día que me dice que mi independencia es una mentira.  
Me pregunto a veces como habría sido la vida si me hubiera animado. Antes una mujer no se iba. La dejaban. Pero ni hablar que éste se fuera.  Así que nos aguantamos hasta que los hijos fueron grandes y después negociamos.  No más sufrir su presencia en la cama siempre listo, nunca fue relevante lo que yo deseaba. Así vinieron cinco hijos que parí no porque quisiera.  En esos días íbamos directo a la partera. 
Después del acuerdo llegó el alivio de no  sufrir más el aliento a vino, el pedorreo, la basureada gratuita y los ocasionales golpes de la borrachera, sin olvidar las puteadas que remataba siempre con la misma frasecita. Que me aguantaba por ser la madre de sus hijos.  Supongo que algún Dios tuvo algo que ver con que solo fueran cinco, y no es que no los quiera,  los quiero. Mucho. Y por fin un día todos los hijos se fueron a recorrer su propia vida, mejor que la mía si lo pienso un poco, porque sigo encadenada al hueco por el que se asoman la oscuridad y la mano cada vez más vieja, más apergaminada. Cuando la veo estudio mis manos, están gastadas, nudosas, tristes por lo que podrían haber hecho, y no pudieron. Porque hacer, hicieron mucho. Pero lo que querían, sólo un poco. Más vale no quejarme. Sin embargo me quejo, conmigo, con nadie más.  Es una bendición que no esté en mi cama y ningún hombre volverá a estar. La cagada es que ese bendito pacto me dio apenas un resabio de lo que podría ser la libertad de ser, quedaron mis raíces petrificadas en este patio partido a la mitad  y en la ventana infamante. Pero pasó tanto tiempo y todo sigue tan igual que es como que llevo grilletes, igual que los presos de las películas, cadenas que no me dejan mover más allá del patio y la ventana en el muro.
Cuando vienen  los hijos los recibo como si tal cosa. Como si fuera dueña de mi misma, de mi casa, para que vean que éste es mi territorio. Pueden observar que hago lo que quiero como quiero, aunque nadie  se olvida de  la ventana. 
Los varones siguen en el pueblo y vienen poco, se sienten incómodos y su paso es rápido. Un toque y me voy, para cumplir con la vieja, porque quién quiere estar mucho tiempo con ella, y del viejo ni hablemos.
A veces la casualidad junta a las hijas bajo mi techo y después de los comentarios sobre como viajaron, en cuanto me alejo las oigo cuchichear. 
Viste que bien que está.  Es un roble. No se le ha doblado la espalda y mirá como se cuida, va a la pelu todas las semanas y se hace las manos y los pies. Está bárbara. Le  queda precioso ese pelo blanco plateado con el corte que se usa ahora. 
Entonces mi espalda se endereza más,  echo los hombros hacia atrás y levanto la pera en gesto de desafío a la vida. No se habla de él en este lado de la casa, menos en mi presencia. Eso sí, pasan un ratito a verlo. Vienen después acá a quedarse. En sus secreteos las escucho y pienso. Tengo casi noventa y las envidio. Vienen por unos días, a veces una semana, otras veces un mes  y después se van hacia un mundo que añoro sin conocerlo. Y me arrepiento.
Nunca creí que este viejo de porquería viviría tantos años, lo seguro es que se va a morir después que yo, cuando nadie se acerque a esa ventana de mierda en el muro.  Y aquí estoy, llevando la bandeja cada mañana, cada medio día, tarde y noche,  cruzando el patio partido en dos hasta que la muerte nos separe. 

©Cristina Wnetrzak

martes, 14 de marzo de 2017

Zapatología


El traqueteo de las ruedas lo adormece pero despierta cada vez que el tren se detiene y entra la marea de gente. Sólo ve los pies que pasan frente a él. Está tirado en el piso del vagón y observa la entrada y salida de zapatos y zapatillas.
El viaje entre Leandro N. Alem y Los Incas le es tan conocido que no presta atención a la voz que desde algún lugar del coche avisa que la formación irá directo a Malabia y luego parará en todas las estaciones hasta la terminal. Llegan unos zapatos negros muy lustrados. Los tacos están gastados hacia el lado de afuera, la capellada tiene grietas que ni el betún logra disimular. El propietario gira y entonces percibe los cordones nuevos, ¿qué historia guardan esos zapatos viejos que brillan a fuerza de lustre? Se renueva el traqueteo.
La náusea arranca en su estómago y trepa convertida en vómito, no puede contenerlo. Algunos pies se remueven inquietos, hay gente que busca otro espacio, también los que están sentados muy cerca; crece el vacío a su alrededor. Hasta él busca un lugar en el otro extremo del coche. Muchos evitan la cercanía, incómodos. Vuelve a tenderse en el piso. Nadie dice nada, solo hay miradas, algunas de fastidio, otras de pena. No se molesta, está acostumbrado a las ojeadas de refilón.
El tren se detiene otra vez. Las puertas dejan entrar al malón que embiste a los empujones. Algunos tropiezan entre sí, otros frenan para evitar el choque con él. Una madre con su niño en brazos evita la caída con la ayuda de un joven de negro con muchas cadenas colgantes que después le cede el asiento. Una cortesía que no suele ver en sus viajes por las profundidades de la ciudad.
El niño lo descubre enseguida y grita. Mami, mami mirá. La madre lo interrumpe. Calláte Maxi. Pero mami, intenta de nuevo mientras lo señala con el dedo. Pero ella le murmura rápido en el oído y lo silencia. Pasan junto a él unas zapatillas gastadas. Desaparecen en el coche siguiente. A su izquierda unas botas de media caña y de buen cuero envuelven un par de piernas fuertes, levanta la cabeza y sigue el contorno hasta las rodillas, allí llega el borde de la pollera. La mujer carga un pesado  maletín con la mano izquierda, tal vez una vendedora puerta a puerta.
El niño está en la falda de la mamá, inquieto no despega los ojos de él. Calza coloridas zapatillas que no paran de moverse. La madre acomoda con ternura un mechón del pelo rebelde. Cruzan miradas y él desvía los ojos. Quizás hay un aleteo de pena que suaviza en ese corazón la dura corteza construída para la supervivencia.  Se nota que hace mucho que no tiene hogar, tal vez no recuerde ya cómo se sentía una caricia. De pronto la picazón es insoportable y se  rasca hasta sacar sangre, hasta que duele. Hay un desplazamiento de pies alrededor y el espacio libre aumenta. Otra detención. Zapatos que salen y que entran. Unos  tacos aguja irrumpen acelerados, la mujer, ansiosa por ocupar un lugar en el inesperado círculo libre no registra la presencia en el suelo. Hay gente que no mira. El pisotón le saca una queja de la garganta aunque esté curtido por el dolor. Ay no lo vi, no lo vi, la disculpa sale al aire sin destinatario. Nadie abre la boca. El tren reanuda la marcha.
Afuera llueve le cuentan los paraguas que pasan por su lado y lo mojan. Hace frío le dicen los abrigos y bufandas de la gente, y aunque tiene sed no va a salir a la calle. No puede arriesgarse a quedar afuera por la noche. Sabe que ya oscureció y que es el regreso para la mayoría de los que lo rodean, lo dicen los pliegues de cansancio, las bocas curvadas hacia abajo y  los ojos sin brillo. Personas aplastadas por la conformidad. Algunos miran al frente sin ver, otros cabecean en un entresueño inquieto, temerosos de pasar de largo la estación de destino. Una nueva parada. El nene y la mamá bajan. Los ve irse, quizás con pesar siente que por un momento fueron amigos. Ahora son más los zapatos y zapatillas que salen que los que entran. El vagón ha quedado casi vacío. El movimiento lo aletarga.

El último pasajero del vagón baja en Los Incas. Murmura algo cuando pasa a su lado, no alcanza a distinguir qué le dice pero suena como una disculpa.  Desaparecen los mocasines casi nuevos y se cierran las puertas. Está solo ahora y busca un lugar donde ser invisible, sabe lo que viene. La línea de coches va lenta y con algunas luces apagadas. Está atento a las maniobras hasta que frenan. Escucha voces, van revisando vagón por vagón. Debajo de un asiento, hecho un ovillo, espera. Alguien entra, camina despacio, ya están junto a él los pesados botines de trabajo, suela de goma muy gruesa y caña alta. Simula estar dormido. Puede sentir la indecisión, es una carga que el dueño de las botas deposita una vez sobre el pie izquierdo y luego el derecho cuando pasa el peso del cuerpo de un lado al otro. La duda está allí. Por fin se agacha y lo saca, es fuerte y experimentado. Un alma cálida, puede sentirlo, como nota el calor del cuerpo contra el suyo, es una sensación reconfortante. Lo brazos fuertes lo llevan fuera del vagón mientras el hombre murmura entre dientes. Casi no pesás, estás hecho una ruina. En el extremo del andén lo deja sobre el piso y con un empujón suave hace que avance hacia la oscuridad. Quedáte ahí, si te descubren te van a sacar. Con una última mirada como pidiendo perdón el hombre regresa a la línea. Desde la oscuridad, al final de la estación, lo ve desaparecer en el interior del primer coche. Vuelve a ovillarse para sentir menos el frío y sus ojos siguen el tren que como un gusano desaparece en la barriga negra de la ciudad. 
                                                                                                              ©Cristina Wnetrzak
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domingo, 18 de septiembre de 2016

El Cónclave....

Salgo dando un portazo, quizás sea la última puerta que cierro. Ya en la calle me doy cuenta que las nubes se deshacen en lluvia, o acaso es que lloran, quizás por mí.  Esta noche es la noche. 
Hierro, hormigón y vidrio confinan el frenético y ruidoso trajín humano de la ciudad, pero en un suburbio, próximo al río, existe este rincón con jardines color oro y ocre, habitado por árboles que el invierno ha saqueado dejando troncos y ramas pelados, ennegrecidos por la lluvia y el frío.  
Los encuentros en el árbol sólo se dan cuando la noche inclemente tiende temprano su sombra silenciosa y los fríos invernales  apuran al transeúnte tardío a buscar  refugio.  Las calles quedan desiertas y toda señal de vida cálida y vibrante  se resguarda entre paredes de ladrillo y cemento.


  
En este callado rincón de la urbe se entrecruzan caminos móviles, todos me conducen hacia el gran árbol que parece curvarse bajo el peso de su propia tristeza, las ramas vacías y negras. El invierno es ideal para la ceremonia oscura, nadie se acerca. Las ventanas permanecen ciegas a lo que sucede entre la sombras heladas e implacables.
Por primera vez estoy consciente del paso del tiempo. No puedo detenerlo, sé que el instante ha llegado. Acepto que es la ocasión justa y el lugar adecuado pero no puedo evitar esta sensación nueva, tengo miedo. Descubro sorprendido la aparición de este titubeo ante lo que me espera; surge cuando pienso en la ofrenda que debo hacer como pago por mis errores. Acepto la culpa y la única certeza que tengo es que al rendir cuentas ante los pares la condena será inevitable.
He llegado, a pesar de la lentitud nacida de la renuencia. Estoy frente a él. Desde el fondo de la tierra el árbol  arranca sus negras raíces y arrastra su cuerpo para unirse a los cánticos. Los adoquines de la vereda que lo envuelven en un círculo casi perfecto abandonan su indiferencia, como si tuvieran alma y quisieran participar del  juicio del concejo.
El cónclave espera en silencio. Con reserva prestan oído a la defensa. Luego escucho las notas simples de los  murmullos y susurros que manifiestan censura y  la sentencia unánime. En esta ocasión, a diferencia de  todos los encuentros antes vividos, percibo el vacío del desamor que han creado los que una vez compartieron conmigo la fuerza. He sido demasiado humano, sumé la sed de poder a las vanidades y la soberbia. Rompí con el pacto, es lo que me ha traído a esta circunstancia. Ya no participo de la gloria de recursos inconcebibles para los humanos,  privilegios que trascienden hasta las más insólitas fantasías,  los dones que una vez poseí son ahora  inaccesibles, me han abandonado dejándome estéril. Las manos de los que una vez fueron hermanos en la igualdad tienden hacia mí  flores sepulcrales y raíces secas como los cabellos de los muertos en señal de rechazo.
He necesitado de muchos infinitos para cargar el peso de múltiples generaciones atravesando esta existencia sin que me doblegaran la espalda, ahora en segundos siento como va cayendo sobre mi la frágil e indeseada humanidad. Las manos  van perdiendo la tersura de la juventud, la piel se ve manchada y gris. Desde el centro de las entrañas, crece el poderoso abismo sin imágenes  ni respuestas de la más absoluta soledad.  No siento temor ahora. El hoy para mí se acaba y con él desaparece el mañana. El árbol del cónclave me recibe en sus profundidades. Mañana los que lleguen a mi casa la hallarán vacía. 
©Cristina Wnetrzak


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