martes, 14 de marzo de 2017

Zapatología


El traqueteo de las ruedas lo adormece pero despierta cada vez que el tren se detiene y entra la marea de gente. Sólo ve los pies que pasan frente a él. Está tirado en el piso del vagón y observa la entrada y salida de zapatos y zapatillas.
El viaje entre Leandro N. Alem y Los Incas le es tan conocido que no presta atención a la voz que desde algún lugar del coche avisa que la formación irá directo a Malabia y luego parará en todas las estaciones hasta la terminal. Llegan unos zapatos negros muy lustrados. Los tacos están gastados hacia el lado de afuera, la capellada tiene grietas que ni el betún logra disimular. El propietario gira y entonces percibe los cordones nuevos, ¿qué historia guardan esos zapatos viejos que brillan a fuerza de lustre? Se renueva el traqueteo.
La náusea arranca en su estómago y trepa convertida en vómito, no puede contenerlo. Algunos pies se remueven inquietos, hay gente que busca otro espacio, también los que están sentados muy cerca; crece el vacío a su alrededor. Hasta él busca un lugar en el otro extremo del coche. Muchos evitan la cercanía, incómodos. Vuelve a tenderse en el piso. Nadie dice nada, solo hay miradas, algunas de fastidio, otras de pena. No se molesta, está acostumbrado a las ojeadas de refilón.
El tren se detiene otra vez. Las puertas dejan entrar al malón que embiste a los empujones. Algunos tropiezan entre sí, otros frenan para evitar el choque con él. Una madre con su niño en brazos evita la caída con la ayuda de un joven de negro con muchas cadenas colgantes que después le cede el asiento. Una cortesía que no suele ver en sus viajes por las profundidades de la ciudad.
El niño lo descubre enseguida y grita. Mami, mami mirá. La madre lo interrumpe. Calláte Maxi. Pero mami, intenta de nuevo mientras lo señala con el dedo. Pero ella le murmura rápido en el oído y lo silencia. Pasan junto a él unas zapatillas gastadas. Desaparecen en el coche siguiente. A su izquierda unas botas de media caña y de buen cuero envuelven un par de piernas fuertes, levanta la cabeza y sigue el contorno hasta las rodillas, allí llega el borde de la pollera. La mujer carga un pesado  maletín con la mano izquierda, tal vez una vendedora puerta a puerta.
El niño está en la falda de la mamá, inquieto no despega los ojos de él. Calza coloridas zapatillas que no paran de moverse. La madre acomoda con ternura un mechón del pelo rebelde. Cruzan miradas y él desvía los ojos. Quizás hay un aleteo de pena que suaviza en ese corazón la dura corteza construída para la supervivencia.  Se nota que hace mucho que no tiene hogar, tal vez no recuerde ya cómo se sentía una caricia. De pronto la picazón es insoportable y se  rasca hasta sacar sangre, hasta que duele. Hay un desplazamiento de pies alrededor y el espacio libre aumenta. Otra detención. Zapatos que salen y que entran. Unos  tacos aguja irrumpen acelerados, la mujer, ansiosa por ocupar un lugar en el inesperado círculo libre no registra la presencia en el suelo. Hay gente que no mira. El pisotón le saca una queja de la garganta aunque esté curtido por el dolor. Ay no lo vi, no lo vi, la disculpa sale al aire sin destinatario. Nadie abre la boca. El tren reanuda la marcha.
Afuera llueve le cuentan los paraguas que pasan por su lado y lo mojan. Hace frío le dicen los abrigos y bufandas de la gente, y aunque tiene sed no va a salir a la calle. No puede arriesgarse a quedar afuera por la noche. Sabe que ya oscureció y que es el regreso para la mayoría de los que lo rodean, lo dicen los pliegues de cansancio, las bocas curvadas hacia abajo y  los ojos sin brillo. Personas aplastadas por la conformidad. Algunos miran al frente sin ver, otros cabecean en un entresueño inquieto, temerosos de pasar de largo la estación de destino. Una nueva parada. El nene y la mamá bajan. Los ve irse, quizás con pesar siente que por un momento fueron amigos. Ahora son más los zapatos y zapatillas que salen que los que entran. El vagón ha quedado casi vacío. El movimiento lo aletarga.

El último pasajero del vagón baja en Los Incas. Murmura algo cuando pasa a su lado, no alcanza a distinguir qué le dice pero suena como una disculpa.  Desaparecen los mocasines casi nuevos y se cierran las puertas. Está solo ahora y busca un lugar donde ser invisible, sabe lo que viene. La línea de coches va lenta y con algunas luces apagadas. Está atento a las maniobras hasta que frenan. Escucha voces, van revisando vagón por vagón. Debajo de un asiento, hecho un ovillo, espera. Alguien entra, camina despacio, ya están junto a él los pesados botines de trabajo, suela de goma muy gruesa y caña alta. Simula estar dormido. Puede sentir la indecisión, es una carga que el dueño de las botas deposita una vez sobre el pie izquierdo y luego el derecho cuando pasa el peso del cuerpo de un lado al otro. La duda está allí. Por fin se agacha y lo saca, es fuerte y experimentado. Un alma cálida, puede sentirlo, como nota el calor del cuerpo contra el suyo, es una sensación reconfortante. Lo brazos fuertes lo llevan fuera del vagón mientras el hombre murmura entre dientes. Casi no pesás, estás hecho una ruina. En el extremo del andén lo deja sobre el piso y con un empujón suave hace que avance hacia la oscuridad. Quedáte ahí, si te descubren te van a sacar. Con una última mirada como pidiendo perdón el hombre regresa a la línea. Desde la oscuridad, al final de la estación, lo ve desaparecer en el interior del primer coche. Vuelve a ovillarse para sentir menos el frío y sus ojos siguen el tren que como un gusano desaparece en la barriga negra de la ciudad. 
                                                                                                              ©Cristina Wnetrzak
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domingo, 18 de septiembre de 2016

El Cónclave....

Salgo dando un portazo, quizás sea la última puerta que cierro. Ya en la calle me doy cuenta que las nubes se deshacen en lluvia, o acaso es que lloran, quizás por mí.  Esta noche es la noche. 
Hierro, hormigón y vidrio confinan el frenético y ruidoso trajín humano de la ciudad, pero en un suburbio, próximo al río, existe este rincón con jardines color oro y ocre, habitado por árboles que el invierno ha saqueado dejando troncos y ramas pelados, ennegrecidos por la lluvia y el frío.  
Los encuentros en el árbol sólo se dan cuando la noche inclemente tiende temprano su sombra silenciosa y los fríos invernales  apuran al transeúnte tardío a buscar  refugio.  Las calles quedan desiertas y toda señal de vida cálida y vibrante  se resguarda entre paredes de ladrillo y cemento.
  
En este callado  rincón de la urbe se entrecruzan caminos móviles, todos me conducen  hacia el gran árbol que parece curvarse bajo el peso de su propia tristeza, las ramas semi vacías y negras. El invierno es ideal para la ceremonia oscura, nadie se acerca. Las ventanas permanecen ciegas a lo que sucede entre la sombras heladas e implacables.
Por primera vez estoy consciente del paso del tiempo. No puedo detenerlo, sé que el instante ha llegado. Acepto que es la ocasión justa y el lugar adecuado pero no puedo evitar esta sensación nueva,  tengo miedo. Descubro sorprendido la aparición de este titubeo ante lo que me espera; surge cuando pienso en la ofrenda que debo hacer como pago por mis errores, Acepto la culpa y la única certeza que tengo es que  al rendir cuentas ante los pares la condena será inevitable.
He llegado, a pesar de la lentitud nacida de la renuencia. Estoy frente a él.  Desde el fondo de la tierra el árbol  arranca sus negras raíces y arrastra su cuerpo para unirse a los cánticos. Los adoquines de la vereda que lo envuelven en un círculo casi perfecto abandonan su indiferencia, como si tuvieran alma y quisieran participar del  juicio del concejo.
El cónclave espera en silencio. Con reserva prestan oído a la defensa. Luego escucho las notas simples de los  murmullos y susurros que manifiestan censura y  la sentencia unánime. En esta ocasión, a diferencia de  todos los encuentros antes vividos, percibo el vacío del desamor que han creado los que una vez compartieron conmigo la fuerza. He sido demasiado humano, sumé la sed de poder a las vanidades y la soberbia. Rompí con el pacto, es lo que me ha traído a esta circunstancia. Ya no participo de la gloria de recursos inconcebibles para los humanos,  privilegios que trascienden hasta las más insólitas fantasías,  los dones que una vez poseí son ahora  inaccesibles, me han abandonado dejándome estéril. Las manos de los que una vez fueron hermanos en la igualdad tienden hacia mí  flores sepulcrales y raíces secas como los cabellos de los muertos en señal de rechazo.
He necesitado de muchos infinitos para cargar el peso de multiples generaciones atravesando esta existencia sin que me doblegaran la espalda, ahora en segundos siento como va cayendo sobre mi la frágil e indeseada humanidad. Las manos  van perdiendo la tersura de la juventud, la piel se ve manchada y gris. Desde el centro de las entrañas, crece el poderoso abismo sin imágenes  ni respuestas de la más absoluta soledad.  No siento temor ahora. El hoy para mí se acaba y con él desaparece el mañana. El árbol del cónclave me recibe en sus profundidades. Mañana los que lleguen a mi casa la hallarán vacía.

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